jueves, 15 de diciembre de 2011

EL MOVIMIENTO FEMINISTA MODERNO

Con este esquema finalizamos el estudio de los movimientos sociales enmarcados dentro del MOVIMIENTO OBRERO. Recordad que, inicialmente, hay que diferenciar el nacimiento del MOVIMIENTO SUFRAGISTA de lo que es el Movimiento feminista moderno, surgido de dicho movimiento, pero más ambicioso en sus reivindicaciones de plena igualdad.


En esta entrada os proporciono, además, infrmación complementaria para una mejor comprensión de este proceso histórico.
Los orígenes
El movimiento feminista moderno surgió en Gran Bretaña y en EEUU, en la segunda mitad del siglo XIX, impulsado por mujeres de clase media de ideas próximas al liberalismo. En el siglo XX, el feminismo se difundió poco a poco entre las mujeres obreras. La lucha por el derecho al voto de la mujer se convirtió en una reivindicación fundamental en la primera mitad del siglo (movimiento sufragista). No obstante, también se exigía la igualdad en otros ámbitos: igualdad ante la ley (sobre todo con respecto al marido; legalización del divorcio), en la enseñanza (especialmente en el acceso a niveles universitarios), en el mundo laboral (igualdad de salarios), etc.
La sociedad industrial y el liberalismo no aportaron cambios significativos a la situación política, legal y económica de las mujeres, que siguieron estando discriminadas respecto a los varones. Tan solo abrió el camino hacia el trabajo femenino en las fábricas y las minas, pero en condiciones de una extrema explotación e igualmente diferenciadas salarialmente de sus compañeros de trabajo. Por otro lado, la mujer tuvo vetadas las áreas profesionales de más responsabilidad así como la educación superior, siendo relegada en el caso de la burguesa al ámbito doméstico.
El liberalismo en mayor medida transformó el status de los hombres que alcanzaron primero el sufragio censitario y más tarde el universal. Pero las mujeres quedaron excluidas de ambos sistemas electorales. De estas circunstancias arrancó a partir de la segunda mitad del siglo XIX el movimiento sufragista que reivindicaba el derecho al voto de las mujeres como paso previo al feminismo cuyo objetivo era la igualdad de derechos respecto a los hombres.


El desarrollo
Los cambios políticos, económicos y sociales que vinieron unidos a lo que los historiadores han denominado “Segunda Revolución Industrial”, iniciada en la década de 1870, provocaron una clara aceleración del movimiento feminista en el último tercio del siglo XIX. El mayor protagonismo y seguimiento del feminismo estuvo condicionado por claros cambios sociales en los países más desarrollados. En Gran Bretaña, por ejemplo, a principios del siglo XX, el 70.8% de las mujeres solteras, entre 20 y 45 años, tenían un trabajo remunerado. También en el Reino Unido, en 1850 se observaba cómo el número absoluto de mujeres solteras mayores de 45 años, había crecido entre las clases medias. La "carrera del matrimonio" registraba así un cierto retroceso para muchas mujeres, no sólo como proyecto de vida, sino también como opción económica. Otro elemento clave lo constituyó la incorporación de la mujer al trabajo durante la Primera Guerra Mundial para sustituir a los hombres que habían marchado al frente. La conciencia de su valor social alentó sus demandas del derecho de sufragio en casi todos los países.
El movimiento sufragista no estuvo constituido por grandes masas y arraigó con más fuerza en las mujeres urbanas de clase media que poseían un cierto grado de educación. Las obreras antepusieron sus reivindicaciones de clase a sus propios intereses como mujeres. Las campesinas por su baja formación, su dedicación íntegra al trabajo, la carencia de tiempo libre y su aislamiento, fueron las últimas y más reacias a incorporarse a los movimientos emancipadores femeninos.


Algunas protagonistas
Por lo demás, las principales abanderadas del sufragismo y posteriormente del feminismo fueron las británicas y las estadounidenses, seguidas de escandinavas y holandesas. Conocidas figuras en el movimiento por la emancipación femenina fueron la británica Emmeline Pankhurst (1858-1928), fundadora de la Unión Social y Política de Mujeres (WSPU) e inspiradora de diversos tipos de protesta (manifestaciones, huelgas de hambre, etc); Emily Davison, quien murió en 1913 en una de sus acciones de protesta arrojándose a los pies de un caballo de la cuadra real en una carrera en Derby; la española Concepción Arenal (1829-1893) quien asistió a la Universidad Complutense vestida de hombre por estar vetada la enseñanza universitaria a la mujer; o la alemana Rosa Luxemburgo (1870-1919) significada miembro del comunismo alemán.

La aceleración
El punto de inflexión decisivo en la concienciación social de la mujer tuvo lugar con la Primera Gran Guerra (1914-1918). Durante este conflicto la mujer suplió al hombre que luchaba en el frente en sus habituales tareas, poniendo de relieve que si era competente para realizar trabajos propios del varón también lo era para gozar de sus derechos. En 1920 le fue concedido el voto a todas las mujeres británicas que habían cumplido los 20 años, en tanto que en España tal autorización se retrasó hasta el año 1931 con la proclamación de la Segunda República. No obstante, en el caso de nuestro país, la Guerra Civil (1926-39) y la posterior dictadura franquista (hasta 1976), devolvieron a la mujer el estatus anterior a la Segunda República en todo lo referido a sus derechos civiles; cosa que, por otra parte, también sucedió para el conjunto de los hombres. Habrá que esperar a la reinstauración de la democracia en España, a partir de 1977, para que las mujeres, y los hombres, alcanzasen, por fin, el pleno reconocimiento de sus derechos civiles, tal y como ha quedado reconocido en la Constitución de 1978.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

LA INTERVENCIÓN DEL ESTADO A FINALES DEL S. XIX



El esquema que hemos utilizado en clase para ilustrar el papel del Estado en las sociedades europeas de finales del s. XIX.

martes, 13 de diciembre de 2011

LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Ante el imparable proceso de industrialización, el constante crecimiento de las masas obreras y de la conflictividad social, hubo católicos que criticaron la explotación a la que estaba siendo sometido el proletariado. Surgió de ese modo la denominada “doctrina social de la Iglesia”, condensada en una serie de documentos, entre los que cabe destacar la encíclica Rerum novarum (“De las cosas nuevas”), promulgada en 1891 por el Papa León XIII. En ella se preconizaba un orden social basado en la justicia y la caridad, exhortando al Estado a socorrer a las clases más desfavorecidas y alentando el asociacionismo de los trabajadores.

LEAMOS UN FRAGMENTO DE LA ENCÍCLICA:
“[Los empresarios] no deben considerar al obrero como un esclavo; que deben respetar la dignidad de la persona y la nobleza que a esa persona agrega el carácter cristiano. (…)

Al pretender los socialistas que los bienes de los particulares pasen a la comunidad, agravan la condición de los obreros, pues, quitándoles el derecho a disponer libremente de su salario, les arrebatan toda esperanza de poder mejorar su situación económica y obtener mayores provechos. (…) Por ser el hombre el único animal dotado de inteligencia, hay que concederle necesariamente la facultad, no sólo de usar las cosas presentes, como los demás animales, sino de poseerlas también con derecho estable y perpetuo. (…) Se halla en la misma ley natural el fundamento y razón de la división de bienes y de la propiedad privada.

[Cómo solucionar los problemas sociales] (…) Esta solución habrán de darla los obreros cristianos, si, agrupados en asociaciones y valiéndose de consejeros prudentes, vuelven a entrar por el camino que con gran provecho, particular y público, siguieron antiguamente sus antepasados. (…) [deberes de los obreros] poner íntegra y fielmente el trabajo que libre y equitativamente se ha contratado; no perjudicar de modo alguno al capital, ni hacer violencia personal contra sus amos; al tratar de defender sus propios derechos, abstenerse de la fuerza y no armar sediciones, ni asociarse con hombres malvados y pérfidos que falsamente les hagan concebir desmedidas esperanzas.
Fragmentos de la encíclica Rerum novarum (1891)

La encíclica Rerum novarum (1891) deploraba la opresión y virtual esclavitud de los numerosísimos pobres por parte de «un puñado de gente muy rica» y preconizaba salarios justos y el derecho a organizar sindicatos (preferiblemente católicos), aunque rechazaba vigorosamente el socialismo y mostraba poco entusiasmo por la democracia. Las clases y la desigualdad, afirmaba León XIII, constituyen rasgos inalterables de la condición humana, como son los derechos de propiedad. Condenaba el socialismo como ilusorio y sinónimo del odio y el ateísmo.
La doctrina social de la Iglesia, sin embargo, se limitó a consejos encaminados a ilustrar a los fieles sobre cómo afrontar los retos sociales y económicos del mundo moderno desde los presupuestos de la fe cristiana. Negó la existencia de la lucha de clases, tal y como preconizaba el marxismo, y propuso en su lugar la armonía, la convivencia y el diálogo entre patronos y obreros, exhortando a los primeros a mitigar la miseria de los segundos. De igual modo protegió la propiedad privada combatida por marxistas y anarquistas, considerándola como un instrumento al servicio del bien común.

LA CONTROVERSIA REVISIONISTA Y LA CRISIS DE LA II INTERNACIONAL

Con estos esquemas completamos nuestra visión sobre la evolución de la II Internacional y, dadas las circunstancias que provocaron la crisis del movimiento socialista internacional, su desaparición.







jueves, 1 de diciembre de 2011

LOS PARTIDOS SOCIALISTAS Y LA II INTERNACIONAL

PARTIDOS DE MASAS
La universalización del sufragio y la incorporación de las masas populares a las elecciones, hizo que los partidos, antes organizaciones minoritarias, se transforman en partidos de masas. Un partido político es una organización que sirve para canalizar los intereses y deseos de intervención y transformación política de los ciudadanos, en el marco de un sistema político representativo (la Democracia, por ejemplo). Sus candidatos son los que, después, en las elecciones serán elegidos por los ciudadanos votantes. Los primeros partidos de masas son los partidos de los nuevos sectores incorporados a la política, los partidos de las clases bajas: partidos obreros que normalmente profesan, durante el siglo XIX, la ideología obrera por excelencia: el socialismo. Estos partidos se van a dar una organización piramidal, en la que se asciende por voto y por mérito, se va a mantener una vinculación estable con sus bases, a las que se convocará a afiliarse. Para llevar adelante las tareas organizativas tanto más complejas, los afiliados van a designar de entre sus miembros un conjunto de cuadros (empleados) partidarios estables, profesionalizados, que van a configurar el funcionarizado o burocracia partidaria. Por esta burocracia va a pasar todo el poder real del partido. Pero lo central de los partidos socialistas y comunistas, lo que los convoca a todos por igual es la ideología, que la organización debe llevar a la práctica.

El siguiente esquema ilustra el proceso de creación de los partidos socialistas, verdaderos ejemplos de partidos de masas, partiendo del ejemplo modélico del partido socialista alemán.



Las nuevas circunstancias impulsarán la creación de la II Internacional en 1889.

Esta nueva organización internacionalista del socialismo entrará en crisis en 1914-1917, pero mientras existió abordó numerosos asuntos de su tiempo, que entonces tenían una gran trascendencia.

Los anteriores documentos deberán servir para establecer, además, las diferencias de esta II Internacional con respecto a la primera.

LA DISOLUCIÓN DE LA I INTERNACIONAL

La corta trayectoria de la AIT se explica, en parte, como consecuencia de la dura represión a la que fueron sometidas las organizaciones obreras después de la Comuna de París (1871), pero también de la propia incapacidad de sus miembros para resolver las disputas internas. en este esquema se plantean los factores que explican su autodisolución en 1875.


Pero la disolución de la Primera Internacional (AIT) no supondrá la desaparición del proyecto de dotar a la clase obrera de una organización supranacional que pudiese coordinar la lucha frente al capitalismo a nivel internacional. A partir de los años setenta del siglo XIX se fundarán en la mayoría de los países europeos partidos socialistas inspirados, en la mayoría de los casos, en la ideología marxista, que no sólo proponía un marco teórico para interpretar el capitalismo y sus contradicciones sino que, además, proponía una estrategia para llegar al socialismo. De ese esfuerzo surgirá, unos años más tarde (1889), la Segunda Internacional. De eso nos ocuparemos en las siguientes entradas.